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Psicología en el deporte

¡CRÓNICA DE UN DOBLE RÉCORD DE ENSUEÑO!

Aquí os dejo mi crónica/relato más personal de lo acontecido en Stadtoldendorf, Alemania

“Se lo suficientemente valiente como para vivir la vida de forma creativa. Buscando el lugar creativo donde nadie más ha estado nunca”

¡Muy buenas amigos!
 Aquí os dejo mi crónica/relato más personal de lo acontecido en Stadtoldendorf, Alemania.

Espero que la disfrutéis con tanta pasión y cariño como yo he tratado de transmitirla. Ya sabéis, si os gusta os agradecería que la compartierais, comentarais o le dierais a “me gusta”, sería de gran ayuda para seguir llegando a las máximas personas posibles y con ello poder seguir CREANDO SONRISAS por el mundo.

“Llegábamos a Stadtoldendorf (Alemania) tras dos días de viaje y más de 2000km recorridos por carretera en furgoneta. No fue un viaje sencillo ni cómodo, pues tuvimos que comer, dormir y hacer vida en ella como buenamente pudimos, pero en cierto modo fue algo divertido y con un toque aventurero que siempre recordaremos con gran felicidad, aunque durante este largo trayecto de ida no todo fue de color de rosa.

Antes de llegar a nuestro destino tuvimos un tremendo “percance” en la autovía alemana. No quiero entrar en detalles ya que afortunadamente y por unos escasos centímetros tan sólo quedó en una anécdota, la cual tardearemos tiempo en olvidar y que nos hizo darnos cuenta de nuevo de lo frágiles que somos en esta vida, en qué poco tiempo puede cambiar todo y lo que debemos disfrutar y valorar día a día nuestra existencia.
Con todo esto…

¡Parecía que no íbamos a llegar nunca!, pero… con la desbordante ilusión que llevábamos en nuestros corazones nada podía detenernos.

Al llegar estábamos “destrozados”, agotados. Descansamos lo que pudimos y en un par de horas ya estábamos prácticamente recuperados de la paliza del viaje y con las fuerzas al 100% para darlo todo en la que sería a la postre otra inolvidable competición.

Sin darnos cuenta el tiempo pasó volando como en un sueño y nos encontrábamos desayunando/almorzando en el día de la carrera.

Tenía un hambre voraz, típico en mí las horas previas a la competición, así que engullí un buen plato de arroz con caldo, plátanos y miel junto a mi familia en la terraza de la casa rural en la que nos encontrábamos.

El horario de competición era diferente a lo habitual, ya que la prueba comenzaría a las 14:00, esto hizo que tuviera que modificar mis “rutinas” pre-competición e improvisar algunos pequeños cambios.

Al acabar descansé algo mas de una hora tumbado en la cama con mi música favorita sonando de fondo suavemente, visualizando tranquilamente con los ojos cerrados todo lo que iba suceder horas más tarde.

Realmente no estaba apenas nervioso pues todo estaba creado en mi imaginación, así que era sencillo, tan sólo faltaba plasmarlo en la realidad más simple, la que todos ven/vemos. Me levanté y cargamos todo el material necesario en la furgoneta.

Yo cogí mi inseparable botellín de agua y algo más de comida para el camino (Un par de frutas desecadas, dátiles frescos y algo de pan de sándwich) y pusimos rumbo a la pista de atletismo de Stadtoldendorf.

El paraíso

Al llegar quedamos maravillados a primera vista. Era un complejo deportivo realmente inmenso y precioso en medio de un paraje natural que deslumbraba por su belleza. Bajamos de la furgoneta y entramos a la pista principal.

El ambiente a estas horas de la “mañana” ya era tremendo y se respiraba un hermoso aroma a atletismo, felicidad y alegría que no sabría muy bien describir.

El lugar estaba repleto de atletas, medios de comunicación, familias, voluntarios y una gran afluencia de público que hacían que el entorno fuera de ensueño para todo el que ama este deporte.

Era fascinante el entusiasmo y pasión que se desprendía por este evento en el pueblo y las ciudades de alrededor.
Realmente estaba asombrado. Fui a recoger el dorsal y hablé con Hank (organizador de la prueba) para aclarar todas las estrictas normas relacionadas con la competición (llevaban un control exhaustivo con todos los detalles).

Volví junto a mis padres y mi abuela a colocar nuestra mesa, sombrilla y sillas en una parte interior de la pista. Dejamos los capazos y las neveras en el suelo y repasamos el plan de avituallamiento detalladamente.

Lo teníamos todo preparado y bajo control así que nos relajamos tomando un café, (el mío con bastante miel) a la sobra de los árboles, charlando tranquilamente mientras alucinábamos con todo los que nos rodeaba. El sol brillaba tímidamente y una pequeña brisa fresca soplaba haciéndonos estar en la gloria,

¡Aquello era lo más parecido al paraíso que pueda imaginarme!

Por primera vez iba a verme competir mi abuela en directo, sin duda sería una motivación extra para mí.

Tal vez por todo esto me encontraba eufórico, con la confianza por las nubes y dispuesto simplemente a disfrutar, fluir sobre la pista y evadirme de la realidad, para de nuevo adentrarme en ese bello mundo de los “sueños” en el que tan bien y feliz me encuentro. Ese lugar al que solo se puede acceder con una gran sonrisa y mediante tu verdadera pasión.

Les di un beso y fui al baño un buen rato a “relajarme y expulsar las últimas tensiones”. Al acabar fui al vestuario que había al lado, estaba solo, tranquilo.

Llegó el momento

Me senté en el banco de madera deteriorado que había y aproveché para hablar con un par de amigos y el míster Fabian Campanini para ultimar detalles. Leí un par de frases y algún que otro poema corto. Volví al baño, me remojé la cara, me miré al espejo y sonreí, lo veía todo tan claro en mis ojos… sentía que estaba totalmente listo.

Me até bien las zapatillas, mis inseparables Adidas Adizero Boston 6 (Quiero dar las gracias al maestro Rodrigo Rorro Morath por darme su opinión y confianza para decidirme y competir con ellas, sin tener opción a duda) y salí del baño corriendo hacia la pista donde calenté un par de minutos.

Tras un par de vueltas trotando suave y unos estiramientos dinámicos, me planté en la línea de salida junto a los demás atletas, otro sueño estaba “a punto” de comenzar a cumplirse. 12 horas me separaban de él.

Hank, de nuevo, explicó las normas y con un inesperado pistoletazo de salida arrancó el cronometro a sumar y sumar segundos…

En trance

Como una manada de búfalos salimos todos los atletas dispuestos a perseguir nuestros sueños hasta el último ápice de energía física y mental que poseíamos.

La euforia me invadía y sin darme cuenta iba a un ritmo superior al que tenía previsto, pero iba realmente cómodo, así que me dejé llevar. Rodaba entorno a 4:15 el km, sin esfuerzo, empapándome de la felicidad, el ambiente festivo y sobretodo de los ánimos que nos daban en cada vuelta durante los 400m.

Comencé a concentrarme y buscar mi estado espiritual óptimo y tras un par de kilómetros (sorprendentemente más rápido que de normal) lo encontré. Ya sólo quedaba dejarse llevar, no dejar de saborear cada sensación que sentía y aprender de cada lección que los minutos y los kilómetros fueran brindándome en esta increíble experiencia que estaba viviendo.

Comenzaba a estar en “trance”, esto era la mejor noticia para mí.

Iba en una nube, el tiempo pasaba rápidamente y la distancia recorrida en cada momento era superior a la que tenía pensada para cada parcial. Lo controlaba por horas y todo estaba saliendo mejor de lo esperado.

La 1ª hora solo bebí agua y a partir de ahí empecé a tomar el avituallamiento que tenía pensado. Era una combinación líquida de carbohidratos simples y complejos añadiendo alguna pastilla de sal en algunos momentos puntuales, según fuera viendo las condiciones climatológicas y como me encontraba.

Llevo meses/años estudiando mi cuerpo y mis sensaciones al detalle en cada momento de carrera para poder improvisar en cualquier momento una opción u otra, pienso que esto es una de las grandes claves de una prueba de ultra-distancia ya que nadie puede o debe saber mejor que uno mismo lo que necesitas en cada momento. Aún así tenía un “plan” preestablecido que labramos al milímetro el míster Fabián y yo (siempre dejando una puerta abierta a la improvisación) que estaba funcionando correctamente.

Era un clima cambiante, pasaba de tener un calor insoportable por el sol abrasador que brillaba en lo más alto del cielo, a sentir bastante frío, al empaparme cuando chispeaba o soplaba el viento fresco de las montañas que nos rodeaban… así que en algunos tramos me tocó ir improvisando según las opciones nutricionales que tenía a mi disposición.

No fue muy complicado en estas primeras horas, pues cada 15’-20’ iba tomando la bebida que tenía preparada, algún que otro dátil o trozo de sándwich con miel natural y abundante agua.

El juego

El plan estaba funcionando, me sentía enérgico, pudiendo mantener el ritmo constante por debajo de 4:17-18 sin dificultades. Así pasaron unas 5 horas, todo parecía de ensueño, pero hay amigo…

En estas pruebas de ultra-distancia en cualquier momento todo puede torcerse y ponerse cuesta arriba de una forma repentina y eso fue lo que pasó (tal vez por ello me apasionan estas pruebas.

Todo debe ser preciso pero a la vez tan variable para saber improvisar una solución que es realmente me parece un juego físico, de inteligencia y sobretodo psicológico).

Creo que durante una competición oficial jamás he pasado por una “crisis” tan fuerte, larga y difícil de superar como esta, por lo que estoy realmente orgulloso y feliz de cómo finalmente se resolvió todo y por ello aún le doy más valor a lo conseguido.

Tras pasar la 5ª hora comencé a sentir un dolor insoportable en la vejiga al no poder orinar (uno de mis talones de Aquiles últimamente). Seguía bebiendo en abundancia y tomando mi avituallamiento con normalidad, pero todo iba complicándose. El dolor por no poder orinar estaba siendo cada vez más fuerte.

Notaba como se me comenzaba a inflamar el estómago. Esto además de la terrible incomodidad, hizo que comenzara a tener algo fiebre y sentir mareos. Sudaba a chorros por momentos y en otros momentos me helaba. Sabía que estaba contra las cuerdas, pero también tenía claro que no iba a rendirme ni tirar la toalla sin dar lo máximo por tratar de reponerme.

Rendirse no es ni será jamás una opción en mi mente.

Estaba realmente pálido sin fuerzas, sintiendo unos tremendos pinchazos en la barriga y en los costados. En los ojos de preocupación de mis padres y mi abuela podía ver claramente la “gravedad” del momento.

Traté de serenarme y buscar la solución para poder orinar, pues ahí creo que estaba la clave para resolverlo todo, pero… ¡Era imposible! ¿Cómo podía hacerlo?

El ritmo cayó en picado a partir de las 5h30’, no podía prácticamente correr decentemente, iba doblado literalmente, luchando contra esta inesperada circunstancia. “Esto me hará realmente duro, si logro superarlo, seré invencible” me decía a mí mismo, tratando de no decaer.

No estaba siendo sencillo, aún así pude pasar las 6 horas superando casi los 83km que, más o menos era lo previsto hasta este momento. En esos instantes era lo de menos, todo estaba entrando en un bucle realmente peligroso. [Mentiría si dijese que no fue duro, extremadamente duro pero de nuevo bajo esta circunstancia aprecié el por qué hago esto y lo que realmente amo y siento corriendo este tipo de pruebas.

En estos momentos tan solo me sostenía la tremenda pasión que siento al unir deporte y solidaridad y lo que disfruto haciéndolo. Mediante esta unión trato de inspirar por el mundo con mi eterna sonrisa para implantar unos valores que creo que pueden cambiar mucho el mundo, a mejor, y desde hace tiempo decidí tratar de ser el mayor ejemplo de ello. ¡No podía detenerme!

Comodín de la llamada

No sabía qué hacer y llamamos al míster Fabián Campanini, era tal vez uno de los últimos comodines que me quedaban en este juego, el de la llamada.

“No te preocupes, es una crisis que está durando demasiado, pero pasará, para a mear y todo estará solucionado”.

Le prometí hacerlo al pasar los 100km, hasta entonces no quería detenerme, aunque tal vez debí haberlo hecho.

Aguanté como pude hasta realizar las 250 vueltas (100km), el chip marcó mi tiempo oficial y en ese instante me detuve y anduve titubeante. Iba un poco de lado a lado, parecía que llevaba unas copas de más. Ahora al recordarlo me parece algo gracioso, pero en aquel momento no lo fue tanto.

Pese a todo era consciente que no estaba en peligro realmente, o eso sentía, por ello no estaba realmente preocupado por mi salud, simplemente mi preocupación era poder continuar en carrera pero disfrutándola, que al fin y al cabo es lo que busco en cada competición que disputo.

Tras una pequeña conversación de nuevo con Fabián cambiamos drásticamente la nutrición que teníamos hasta ese momento e improvisamos algunas alternativas. Era un todo o nada.

Sentía gran impotencia, pues físicamente estaba fuerte, ¡más fuerte que nunca! y la ocasión no merecía tener un final así.

Los ánimos y confianza de Fabián me revivieron literalmente y su decisión nutricional dio en el centro de la diana.

La resurrección

Todos estos cambios, junto a la eterna sonrisa que, a cada vuelta veía en el rostro de mi familia hicieron que la situación comenzara a cambiar poco a poco como por arte de magia.

Pese a todo, en ningún momento dudé ni dejé de creer, soñar y seguir confiando al 100% en que esto pasaría y podría sacar todo lo que llevaba dentro, creo que esto fue algo determinante.

Caminé 2 vueltas, miré lo que tenía escrito en la palma de mi mano, “Quiero, puedo y me apetece”. “Claro que sí, me apetece y mucho” me dije, y cual loco poseído grité un “¡Vamos!” desde lo más profundo de mi alma que retumbó por todo el estadio haciendo que muchos de los allí presentes me observaran con cara de asombro. Fue gracioso, sonreí.

Tras la 2ª vuelta caminando sentí unas maravillosas ganas de orinar, ¡Bendita sensación! Paré en unos matorrales del exterior de la pista y meé como jamás lo había hecho, ¡Qué placer y liberación!

Al ver el color de la orina me di cuenta que estaba deshidratado, no lo entendía muy bien pero lo importante es que lo peor había pasado, era totalmente consciente de que a partir de aquí ya no tendría este problema, así que ya nada podría detenerme.

Sonreí plenamente, había hecho lo más difícil. Con una gran alegría grité a mi familia, “ya he meado”.

Fue algo cómico pues lo celebramos como la consecución de un gran campeonato mundial ganado al sprint.

Arranqué a correr como si comenzara la competición de nuevo, radiante de felicidad. Llevábamos más de 7 horas y mi musculatura estaba totalmente fresca, sin dolores, sin apenas un atisbo de cansancio y lo mejor de todo, mi mente totalmente reiniciada, confiada y dispuesta a hacer historia. Era el momento y el día, ¡lo sentía más que nunca en mi corazón!

El sueño

A partir de aquí todo sucedió como en un sueño, las horas pasaban y pasaban mientras seguía repitiendo el mismo patrón de nutrición que me había salvado horas atrás. Lo mantuve al detalle y traté de buscar sobrepasar los 150km en las 12 horas.

¡Ahora o nunca!

Conforme pasaba el tiempo y los kilómetros lo veía cada vez más factible. Estaba “volando/flotando” sin esfuerzo por el tartán bajo la mirada y ánimos de las cientos y cientos de personas que se agolpaban en la pista y lo más importante, estaba disfrutando de nuevo y divirtiéndome como un niño descubriendo sus límites. Al paso por la décima hora, al ver que sobrepasaría los 150km si no había ningún gran problema decidí “acelerar” y tratar de sacar los máximos kilómetros posibles en estas 2 horas que restaban.

Me encontré inconmensurable, sintiendo que este día era el día que tanto buscamos los deportistas y que tal vez se encuentra en contadas ocasiones, ¡debía aprovecharlo y exprimirlo al máximo!

Al pasar la 11ª hora mi mente, eternamente soñadora e inconformista, comenzó a crear otro sueño rápidamente.

¿Y si sigo a por las 24 horas y trato de batir mi marca personal y tal vez el récord de España?

En pocos minutos mi mente convenció a mi cuerpo y a mi corazón, ¡Qué fáciles son de convencer!

Era como una visión, un sentimiento que me ardía en lo más profundo de mi alma y me hacía verlo terriblemente claro, estaba seguro que haría más de 260km si continuaba.

Seguí un par de kilómetros mientras pensaba y gestaba en mi cabeza el nuevo e improvisado plan.

Quien no arriesga, no gana

-“¿Qué te preparo para lo que queda? Voy a ir recogiendo todo” me dijo mi padre.
+“No recojas nada” le grité. Se quedó sorprendido, no entendía nada.

Pasé los 150km y aún quedaban varios minutos por delante, aceleré y al sonido de la bocina dejé mi trozo de madera en el suelo, oficialmente había recorrido 151,974km. Me dejé llevar unos metros, suspiré, “Si no tomas riesgos, tendrás un alma perdida” pensé.

La gente estaba emocionada y aplaudía con gran energía y alegría, felicitándome por lo conseguido, nadie tenía constancia de mi decisión de continuar, pero yo sabía que esto no había terminado.

“Hank” me felicitó y se lo confesé, “Voy a seguir hasta las 24 horas”. Sonrió, y me dio una palmada en la espalda, “Good Luck” me susurró y continué dando vueltas por el tartán bajo la bella y oscura noche que caía sobre Stadtoldendorf.

Eran las 2:00 de la mañana. Me acerqué a mi familia, “lo siento mucho, pero tenemos que quedarnos, voy a hacer las 24 horas, voy a hacer mas de 260km, estoy seguro, hoy es el día” les dije.

Mi padre tardó en asimilarlo, era complicado hacerlo, pero no había vuelta atrás.

“Si queréis, iros, yo me quedo, siento que es el día soñado, no puedo desaprovecharlo”.

Tras unos minutos estaban de nuevo al 100% para darlo todo junto a mí. Era una locura pero recordé las palabras de una de las personas más influyentes en mi vida, la cual cambió totalmente mi forma de pensar, sentir y ver la vida.

Él es una leyenda de nuestro deporte, una eminencia en el ultra-fondo y sobre todo un amigo al que considero mi padre deportivo desde Sudáfrica, Johan Vd Merwe.

Él siempre me repetía y aún lo hace cuando hablamos; “El momento es ahora, el día es hoy, no dejes jamás para más tarde lo que puedas conseguir en estos momentos”.

¿Por qué no iba a continuar si estaba con una energía que me desbordaba el alma y sentía en lo más profundo de mi corazón que era el día que siempre soñé vivir deportivamente?

El plan

Rápidamente decidimos simplificarlo todo al máximo y continuar con el mismo plan nutricional, simplemente añadiendo algún que otro alimento sólido en pequeñas porciones.
Había varias alternativas de carbohidratos sólidas interesantes. Patatas cocidas, sándwiches, arroz, pasta…

Decidí hacerme sándwiches con mucha miel para alternarlo con las bebidas. Esto en un pasado me había funcionado y pensamos que era la opción más “segura” y placentera para mí. ¡Me encanta la miel!

Deportivamente decidí tratar de hacer más de 10km cada hora, esto proyectaba unos 172km,
¡vaya locura!

Esto parecía impensable antes de comenzar, pero en ese momento realmente lo veía muy sencillo, era alucinante. Mi mente estaba totalmente “poseída” y mis piernas y corazón sorprendentemente les creían en todos estos “locos” pensamientos que brotaban en ella. Tenía cuerpo y alma unidos mágicamente.

Sobre la 13ª hora el cielo se cerró totalmente y comenzó a chispear, era algo que no me gustó demasiado pues soy un corredor que me desenvuelvo y me siento mejor en ambientes secos y calurosos.

Esto hizo que cogiera algo de frío así que rápidamente me puse el chubasquero y traté de continuar sin pensar demasiado en esta circunstancia.

Las horas más tristes

El viento comenzó a soplar con algo más de intensidad. Veía los arboles balancearse en medio de la noche mientras muchas de sus hojas, suavemente caían sobre el suelo mojado.

Al haber menos público, estas eran las horas más “tristes” y de más silencio” en la pista.

Parecía que todo se estaba tornando para hacerlo más complicado, lo que sin duda también haría que fuese más épico y esto me motivaba. En estos momentos es cuando el cuerpo tiende a desconectarse y relajarse totalmente.

La noche es realmente dura si no eres capaz de conservar viva e intacta la llama de la pasión por lo que estás haciendo, por ello la mente es la clave para seguir manteniendo la “alerta” y el “compromiso” por lo que estás llevando a cabo.

[Cuando las circunstancias se vuelven adversas surge el verdadero carácter, el gen luchador y apasionado que llevamos en lo más profundo de nuestro corazón, en ese punto hay dos opciones; venirse abajo o agigantarse].

Esto fue lo que pensé y continué concentrado al 100% en sumar lo más rápido posible los 10km cada hora que me había puesto como “micro-objetivo” en este momento, siempre, buscando hacerlo con buenas sensaciones y no excederme en el esfuerzo para no pagarlo más adelante.

El reloj avanzaba y sentía como iba acercándome a mis propios límites. Descubrir que había más allá de ellos me parecía algo realmente emocionante.

Todo era un improvisado juego en el cual, hasta el momento, tenía muy claro cómo mover mis cartas. Esto me producía una seguridad y tranquilidad pasmosa lo cual me hacía disfrutar a cada momento sin ningún tipo de preocupación.

Para mi sorpresa sumaba sin mayores dificultades los 10km cada hora y aún me sobraban bastantes minutos, los cuales “aprovechaba” para no desperdiciar este colchón de kilómetros que tenía “ganados”.

Las circunstancias “externas” se complicaron mucho en la noche y se volvieron terriblemente complejas y por momentos prácticamente inaguantables.

Mi abuela se fue a descansar a la furgoneta y tras su marcha fueron 4-5 horas al límite (algunas de las personas más cercanas a mí, sabréis a qué me refiero). Sin embargo era algo que sabía que podía ocurrir y que probablemente ocurriría pero junto a mi padre, nos hicimos fuertes y supimos sobreponernos de la mejor manera posible para poder superarlas y…
¡Lo conseguimos!

[Esto es la parte más íntima de mi vida, y que con el tiempo probablemente conoceréis y hace que lo conseguido me enorgullezca de una manera inimaginable].

Las recta final

Deportivamente y físicamente todo continuaba igual, el ritmo era prácticamente el mismo y en todas las horas sumaba 10km mínimo. No me di un respiro, no paré para nada, excepto para besar a mi madre en muchos momentos de la prueba. Estaba agusto corriendo y soñando superar estos grandes límites que parecían hace unos meses inalcanzables.

Cuando apenas quedaban 3 horas se presentaron en el estadio… ¡Los caseros del hostal en el que estábamos alojados! (teníamos reservado hasta las 10 de la mañana y eran sobre las 11). El cambio improvisado de plan tenía estas consecuencias. Mi padre les pidió perdón y les explicó todo, no había escusa pero afortunadamente lo comprendieron sin poner mayores pegas, desde aquí les doy las gracias de todo corazón por la comprensión. El hostal era “Ferienhaus Am Bauernhof”.

Mi padre tuvo que marcharse de la pista rápidamente a recoger todo y mi abuela le dio el relevo para avituallarme estas últimas horas. Era muy sencillo lo que tenía que darme en estos últimos momentos por lo que no habría problema para continuar cumpliendo el “plan”.

Cuando quedaban un par de horas y en vista que probablemente batiría el récord si todo continuaba así, algunos miembros de la organización se acercaron a examinar mi avituallamiento al detalle. Querían comprobar que todo estaba correcto, era algo sorprendente, nunca había visto esto en una competición, pero en cierto modo me gustó esta “seriedad”, aunque mi abuela se quedó algo perpleja.

Los minutos se agotaban, había pasado los 260km y aun quedaba más de 1 hora, tenía fuerzas para apretar y así lo hice. Fabián no dejó de seguir la carrera hora a hora, inculcándome en la mente que no bajara el pistón, que era el día de hacer historia y descubrir mis nuevos límites. Así fue.

Volvió mi padre sonriente y dispuesto a darme el último empujón. Estábamos eufóricos, se nos veía en la mirada. La organización cantó y celebró efusivamente cuando superé mi marca personal y aún más cuando supere el record nacional español.

Explosión de alegría

La gente explotó de alegría y no dejaban de felicitarme en medio de la carrera, estaba abrumado, se me saltaban las lágrimas al recibir este tremendo cariño y admiración. Pusieron el himno español. Fue inolvidable.

Pese a todo aún no había terminado, y visto que estaba en “buenas condiciones” traté de volver a subir el ritmo, esto hizo que se me agarrotara un poco el cuádriceps izquierdo, pero no importaba, estaba dispuesto a dejarlo todo en la pista. Me dieron el trozo de madera con el inolvidable número de mi dorsal (10) y aceleré como si fuera la última serie de una sesión de calidad en plena preparación.

Iba alrededor de 4’ el kilómetro o incluso por debajo, era alucinante, la adrenalina del final hacía que mis piernas volaran, flotaran y exprimieran al máximo los últimos metros de este soñado e inolvidable acontecimiento.

Realmente no podía entender del todo esta tremenda energía, simplemente me dejé llevar mientras sentía la suave brisa que soplaba en mi cara refrescando mi radiante sonrisa. Estaba pletórico, todos los meses de duras preparaciones habían merecido la pena, aunque soy de los que pienso que siempre merece la pena todo cuando honestamente sale de lo más profundo de tu alma indistintamente del resultado….

[Muy pocas personas (incluso los que me rodean no se lo pueden creer) pueden imaginarse el tremendo esfuerzo diario, la disciplina, la constancia y el amor que se debe tener por el ultra-fondo para poder llegar disfrutarlo y lograr finalizar con una sonrisa estas duras pruebas.

Simplemente lo definiría como un estilo de vida que más allá del deporte y de la vida que todos conocemos como “normal”. Es algo que nace muy dentro de uno mismo, y que cuando lo sientes, simplemente debes dejarlo salir y conquistar el mundo. Y yo, en ello me hayo. ¡Es alucinante!]

…los voluntarios, mi familia y la increíble masa de aficionados que abarrotaban el recinto no dejaban de jadear, aplaudir y gritarme en estos últimos segundos.

Todos ellos, sin pretenderlo, estaban convirtiendo este momento el algo tremendamente mágico, de ensueño e inolvidable. Nunca podré agradecer que me hicieran sentir y descubrir en mi mismo tal cantidad de grandes sentimientos, los cuales jamás tendré el intelecto suficiente para poder describirlos.

Y el resultado es…

Sonó la bocina y dejé la tabla de madera con el 10 en el suelo para que se pudieran contabilizar los últimos metros. Finalmente había quedado campeón realzando 273,964km.

Estaba justo en la otra parte de la pista de donde se encontraba mi familia. Cerré los ojos, los volví a abrir emocionado y rompí a llorar sin poder contenerme, estaba totalmente “roto” de alegría.

Caminé tranquilamente hacía la otra parte de la pista mientras decenas de personas me pedían fotos y me abrazaban, estaba en shock. No podía creer nada de lo que estaba sucediendo en esos momentos.

Veía venir a mi familia rápidamente y pese a que ya había corrido bastante (nunca es bastante), no pude contenerme y arranqué de nuevo a correr hacia ellos.

Fue maravilloso. En medio del césped del interior de la pista nos fundimos en un eterno abrazo, de los que marcan tu vida para siempre y quedan marcados a fuego en tu corazón. Ahí estábamos, mi abuela, mi madre, mi padre, mi abuelo desde lo más alto (¡cómo sentí su tremenda energía y eterna sonrisa!) y yo. Juntos, emocionados, desbordando amor y felicidad.

Tras los controles pertinentes, saludos, fotos y entrevistas para los medios locales, me acerqué a donde estaba nuestro avituallamiento y engullí todo lo que quedaba en los capazos. Pese a haber devorado más de 273km sorprendentemente tenía hambre de más, mucho más.

La ceremonia de premios estaba lista, la disfruté al máximo, saboreando cada segundo y tras su finalización me di una larga ducha fría que me supo a gloria.

Me sentía realmente bien, supongo que el bajón vendría horas despues (así fue), pero en estos momentos parecía que nada había sucedido, no podía asimilarlo por mas que lo intentaba, mi mente no era capaz de reaccionar, tan sólo tenía un pensamiento claro;

“Si la prueba hubiese sido de 48 horas hubiera continuado, estoy seguro. Era el día, el momento y el lugar, no sabría describir muy bien por qué, ni tal vez analizando todo al detalle podría encontrar el motivo de esta sensación, pero el 17 de junio de 2018 me sentí invencible”.

Instagram: ivanpenalbalopez
Facebook: Iván Penalba López

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